Las abejas nativas sin aguijón son polinizadores esenciales que han habitado la costa peruana desde tiempos prehispánicos. A diferencia de la abeja común (Apis mellifera), la abeja introducida por los colonizadores europeos, estas abejas son más pequeñas, de color oscuro y no poseen aguijón, lo que las hace inofensivas para los humanos.
Aunque ambas especies viven en colonias, producen miel y polinizan plantas, las abejas sin aguijón están especialmente adaptadas a la flora nativa y han desarrollado estrategias de nidificación particulares, prefiriendo refugios en troncos huecos, cavidades en el suelo o estructuras protegidas. Sus nidos suelen tener una entrada en forma de tubo (pitón), donde siempre hay abejas guardianas que vigilan contra depredadores, aunque a veces la entrada es simplemente un agujero.
En las regiones de ceja de selva y selva del Perú, existen decenas de especies de abejas sin aguijón que han logrado mantenerse debido a la menor intervención humana en comparación con la costa. Sin embargo, en los últimos años, la expansión urbana y la intensificación de la agricultura están comenzando a afectar también estos hábitats.
En la costa norte del país, estas abejas han logrado adaptarse a condiciones de baja precipitación, aprovechando la floración escalonada de especies como el molle (Schinus molle) y el algarrobo (Prosopis pallida). En regiones como Lambayeque y Piura, su supervivencia es posible en áreas naturales protegidas, donde desempeñan un papel clave en la polinización y conservación de los bosques secos tropicales.
La galería de fotos debajo presenta fotos de abejas nativas sin aguijón de la costa norte del Perú, como ejemplo de la morfología y nidos de estas abejas.
Sin embargo, en la costa central y sur del Perú no se han identificado especies de abejas nativas sin aguijón en la actualidad, a pesar de que en el pasado estos ecosistemas estaban cubiertos de bosques nativos, como los bosques de huarangos en la costa sur. Es probable que la urbanización, la expansión agroindustrial con cultivos exóticos como uva y arándanos, el uso intensivo de plaguicidas (en particular el DDT en las décadas de 1950 y 1960) y la desertificación hayan reducido drásticamente sus hábitats, confinándolas a zonas protegidas o poco intervenidas.
En Lima, es posible que hasta mediados del siglo XX estas abejas habitaran las áreas agrícolas periurbanas. Aunque la ciudad ha crecido considerablemente, algunas colonias podrían haber sobrevivido en los valles de los ríos Chillón, Rímac y Lurín, especialmente en áreas alejadas de la urbanización y de la aplicación de agroquímicos. Su detección es difícil, ya que su pequeño tamaño y color oscuro hacen que muchas personas las confundan con otros insectos.
Conocer y proteger a estas abejas puede contribuir a la conservación de los últimos remanentes de bosques en Lima y a la restauración de ecosistemas degradados. Su rol en la polinización de la flora nativa es fundamental para la regeneración ambiental, pero su preservación depende en gran medida de la participación ciudadana. A través de la ciencia ciudadana, los limeños pueden ayudar a identificar y registrar la presencia de estas especies, generando información valiosa para su estudio y protección.
Aunque estas abejas no representan ningún riesgo para las personas, su fragilidad hace necesario un trato cuidadoso. En lugar de capturarlas o matarlas, se recomienda fotografiarlas y registrarlas en plataformas como iNaturalist, permitiendo a los investigadores mapear su distribución. Tambiés es importante no confundir avispas, que sí pican, con las abejas nativas, evitando riesgos al momento de fotografiarlas.
Recuperar la presencia de estas abejas en Lima sería un hito para la biodiversidad de la ciudad. Con el esfuerzo conjunto de ciudadanos, científicos y conservacionistas, podríamos redescubrir y proteger a estas especies, devolviéndoles su lugar en el ecosistema limeño.